EL CIUDAD: UNA LUCHA CONSTANTE

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Ésta es la historia inacabada de unos sueños efímeros pero recurrentes.
En 1999, un club nacía en Murcia sin que casi nadie lo supiera. Ni siquiera la mayoría de los propios murcianos, entre los cuales se escondían sus incondicionales aficionados en el futuro.

Con cada año que pasaba, el Ciudad de Murcia subía un peldaño en forma de ascenso y así conseguía nuevos simpatizantes. De la mano del ex-murcianista Aguilar, una vieja y alborotada Condomina volaba a Segunda División de nuevo, pero esta vez con un equipo que sólo contaba con 4 años de historia.

Con el histórico vecino en Primera (Real Murcia), muchos aficionados de la ciudad y de gran parte de la región apoyaban a ambos clubes, casi como si uno fuera filial del otro. Y así seguiría siendo incluso tras el descenso del Murcia… hasta que el calendario comenzó a enfrentar a los 2 equipos que compartían estadio.
Un día, los papeles se intercambiaron.

Mientras el Murcia volvía a asomarse con vértigo a la Segunda B, el Ciudad escalaba puestos y soñaba con el ascenso a Primera. Y de nuevo llegó un derby Ciudad-Murcia… y un gol de Falcón en el último suspiro (o más bien grito colectivo) quedó grabado para siempre en la memoria murciana. Ese gol mantenía al Ciudad con opciones de ascenso y al Real con posibilidades de descender; y de repente dejó a los murcianos divididos (futbolísticamente) como nunca lo habían estado.

Dos temporadas llamó el Ciudad a la puerta del paraíso, incluso logró abrirla… pero no pudo pasar a tiempo. El joven pero atrevido aspirante quedaba en cuarto lugar, a un paso de Primera, por dos veces consecutivas. Un paso dos veces no dado y mil veces lamentado.

Atrás quedaban los mejores recuerdos: sendos descensos abortados en Murcia y Salamanca, una épica remontada en El Ejido, un liderato en Segunda, una hazaña en Madrid con tres expulsados… y también jugadores y afición.

Por el Ciudad pasaron jugadores y entrenadores que acabarían volviendo (o yendo) a Primera e incluso a la selección: Güiza, Luque, Mané, Goitom, Kome, Miku, Abel, Oltra, Lillo, Guardiola…

Y en el Ciudad estuvieron (pero nunca se fueron) aficionados que ya nunca podrían cambiar de equipo, y menos después de haber soñado, sufrido, viajado y animado, compartiendo una filosofía y una visión del deporte (y quizá de la vida) basada en ser parte activa y positiva de aquello que quieres, sin condiciones ni rendiciones.

A esa afición la tenían que dejar huérfana para callarla. Y lo hicieron. Pero incluso así resultó imposible volver al silencio anterior al Ciudad. La venta y traslado del club (por parte de Quique Pina) a un empresario granadino en 2007 se anunció como el fin del Ciudad. Sin embargo, ese final acabó sembrando la certeza de que todo iba a renacer.

Murcia despedía al Ciudad en Murcia, goleando a Las Palmas. Pero esa despedida se repetiría una semana más tarde, alargando la agonía en Salamanca, porque era la última vez, y algunos murcianos no quisieron perdérselo: atravesaron media península, miraron sin ver el partido, despidieron el autobús de su equipo con cánticos y volvieron de madrugada a su punto de partida, a su punto y final. Pero…

En verano de ese 2007, algunos aficionados convencieron al empresario Evedasto Lifante de crear un nuevo Ciudad, que ocuparía la plaza del Lorquí en Tercera División.

Y para empezar, lo de siempre: un ascenso. Y con el premio Don Balón (último equipo del fútbol nacional en perder un partido) en el bolsillo.

En Segunda B, el Ciudad (ahora de Lorquí, y poco después Atlético Ciudad) de nuevo irrumpía con fuerza y amenazaba con ocupar el lugar del que lo habían desterrado. Un gran Sevilla estuvo por debajo en el marcador, tanto en la ida como en la vuelta, en su enfrentamiento contra el Ciudad en Copa del Rey.

Curiosamente, la afición se unía más en la adversidad, en el fondo del pozo, partiendo de Tercera y sufriendo en Segunda B. Era común (y curioso) ver salir autobuses con destinos lejanos y objetivos menores, mientras el resto del mundo giraba pendiente del éxito inmediato, de las modas impuestas y las estrellas mundanas.

Y para terminar, también lo de siempre: una desaparición. Y calcada a la anterior, salvo por una ‘B’ añadida a la categoría Segunda: otra vez dos años con opciones de ascenso, otra vez el odiado dinero (la falta de él), y otra vez un equipo abocado a convertirse en recuerdo.

Un sentimiento rojinegro no puede dejar espacios en blanco. Y así, negando la evidencia y la peor de las realidades, los fieles ‘ciudadanos’ inventaron en 2010 un nuevo escenario sobre el que moverse para crear y vivir su propia historia, con argumento y con argumentos.

El CAP (Club de Accionariado Popular) Ciudad de Murcia es la afición. Una afición dueña (por vez primera) de su hasta ahora injusto destino. Un ‘ciudadano’, un voto. Y una acción. Una acción en todos los sentidos de la palabra.

Tomando el ejemplo de algunos clubes europeos, el Ciudad abandera el accionariado en nuestro país, partiendo de cero, de la oscuridad. Y espera durante su larga noche a que llegue el día en que vuelva a rodar su balón.

Ésta es la historia, también, de una lucha constante.

Una lucha por parecerse a sí mismo, por conservar esos rasgos que te hacen único sin ser el mejor.

Una lucha por cabalgar del fútbol-negocio al fútbol-ficción, del dinero a los sentimientos, de la desolación a la imaginación. Habrá un abismo en medio, pero si no saltas no llegas al otro lado.

El Ciudad despega por tercera vez, pero siempre contracorriente: a la tercera no va la vencida; a la vencida va la tercera. Porque el Ciudad ya ha vencido a sus jóvenes fantasmas antes de volver a competir.

Cuando naces, eres el último en darte cuenta.

Cuando renaces, eres el primero en saberlo.

Esta historia, estos protagonistas, no vuelven a sus orígenes, sino que los encuentran al final. Y son el principio de un nuevo comienzo…

Suerte, Ciudad!